Cuento de navidad. Nochebueno. Un cuento familiar.

Lo escribió mi abuelito Germán. La primera parte es la historia de su vida, la segunda una mezcla de lo que vivió su papá  en Alemania.

Un homenaje a mi abuelo que tanto quise y que mañana 24 de diciembre cumple 3 años de haber partido al cielo, el día de nochebuena, el día que el tanto disfrutaba, el día que preparaba siempre bolsas de dulces para todos sus nietos y que disfrutaba enormemente estar cantando al piano canciones navideñas en alemán…. ese día fue el que su alma eligió para irse de este mundo al eterno; siempre quedarán en mi corazón y de todos los Niehus esos recuerdos. Un agradecimiento a su herencia de amor a escribir. Espero que les guste.

Cuento de Navidad. Nochebuena. German Niehus*Esta es la portada original.

Es el mes de Diciembre. Diciembre… mes de regocijo, esperado con ansia por todos los niños. En todas las mentes infantiles está la esperanza de ver realizados todos sus antojos, que ya han pedido a Santa Claus. A medida que se acerca el día 25, el frío se hace más intenso. Por doquier se ven gentes atareadas, unas poniendo nacimientos, otras el árbol de la Navidad, al pié de los cuales dejará Santa Claus los regalos para los niños que en todo el año se han portado bien y han sido obedientes con sus padres y maestros y en general con todos sus superiores.

En una de tantas casas, se vé en la sala un hermoso pino, cubierto de adornos sin fin. Esparcidas en todo el se ven velitas de todos colores, que esperan el día de ser prendidas. En esta casa vive una familia compuesta por el papá y tres chamaquitos. El papá es un señor que todavía no tiene 50 años. De los hijitos, dos son hombrecitos y el más chiquito es una niña. El más grandecito se llama Adrian, el segundo Alejandro y la niña Marta. Estos niños, son huérfanos, pues hace apenas 2 años que perdieron a su madre. La misma inocencia de los niños les impide apreciar la pérdida tan grande que han sufrido, y por eso con mucho alboroto esperan con ansia que se llegue el día de que se les permita entrar al cuarto donde está el arbolito. Porque en esta familia así se acostumbra. El papá dos días antes, adorna el árbol y cierra la sala, para no abrirla hasta el día 25.

El 24 en la noche, los niños se acostaron temprano con el fin de que dormidos se les haga más corta la noche. También ellos saben, porque es dijo su papá, que si cuando llega Santa Claus, no se han dormido todavía, se v a otra casa y a ellos no les deja nada, ni siquiera dulces.

El reloj del comedor da las 7 y media de la noche. Alejandro y Marta están profundamente dormidos y una sonrisa de complacencia entreabre sus labios, sin duda están soñando con los juguetes que verán al pié del árbol la mañana siguiente. Adrián en cambio fingía dormir. En realidad solo tenía cerrados los ojos, pero cuando oía cualquier sonido de la calle, los abría y se quedaba atento para ver si era su papá el que llegaba. Quería hablarle, para preguntarle si era verdad lo que su amiguito le había dicho esa tarde. El amigo le había dicho que no existía Santo Clos, que los papás eran los que ponían los juguetes todos los años. El naturalmente no creía esto, pero la duda se había apoderado de su mente y quería desengañarse. No veía el, nada extraño que Santa Claus viniera en un trineo tirado por veinte hermosos ciervos que arrastraban todos los juguetes para todos los niños del mundo, pero en fin, nada perdía con preguntarle a su papá.

 

Lentamente pasa la media hora que faltaba para que llegara su papá. Treinta minutos que a él le parecieron treinta siglos.

 

Por fin creyó oír la voz de su papá que preguntaba a la sirvienta si ya estaban dormidos los muchachos. La sirvienta le contestó que ya debían estar bien dormidos puesto que desde las siete y media de la noche se habían acostado. Después de quitarse el sombrero, el señor se sentó a la mesa y se dispuso a cenar, cuando de la puerta que tenía enfrente apareció una figurita que avanzó hacia él. Era Adrián. Asombrado el señor, pues lo creía dormido, le preguntó qué andaba haciendo tan noche y todavía levantado, y le recordó que si no estaba dormido cuando viniera Santa Claus, éste no le iba a dejar ningún juguete.

 

-“¿Santa Claus eres tú?- dijo el niño con una risita de burla, -no creas que son tan tonto para creer que Santa Claus existe.”

 

-¿Quién te dijo semejante cosa? – preguntó el papá muy serio.

 

-“Yo lo sé, porque me lo dijo un amigo, y además, no es posible que en una noche llegue a todas las casas del mundo.

 

-¡Hum!… Ya verás. –Dijo el señor- ya no debe de tardar mucho, si quieres espéralo aquí conmigo para que te convenzas cuando lo veas.

En ese preciso momento unos fuertes golpes dados en la puerta hicieron que un estremecimiento recorriera el cuerpo de los niños.

 

-Ya lo ves- dijo el papá, -ahí está ya, prepárate para verlo.

El niño algo nervioso, se bajó de la silla en la que estaba sentado y se paró junto a la puerta que conducía a su recámara.

 

-¿Quién es?- preguntó el señor.

-“Santa Claus”, -contestó una voz ronca junto a la puerta de la calle.

Rápido como el rayo, Adrián corrió a su cama y se tapó. Su corazoncito latía fuertemente. Entonces se convenció de que verdaderamente existía Santa Claus. A pesar del miedo que sentía, la curiosidad pudo más y puso mucha atención para ver que alcanzaba a oír lo que su papá le decía ese viejito de barbas y cabellera blancas.

 

-¿Ya están dormidos los niños?- oyó que preguntaba la voz ronca- porque si alguno está despierto, me voy, y no vuelvo nunca a esta casa a traer juguetes, no me gusta que los niños me vean.

 

-Si Santa Claus- oyó que contestaba su papá- desde temprano se acostaron.

Que peso tan grande se le había quitado a Adrián de encima! Por un momento creyó que su papá lo iba a descubrir, pero no… ¡Que bueno era su papá!, -pensó.

 

-¿Cómo se han portado en el año?

-Muy bien, -oyó que le contestó su papá, -merecen los regalos que les trae.

-Vamos a ver a los niños- dijo la voz ronca- y ay de aquel que no esté dormido, me lo llevo en mi saco y no lo vuelvo a traer a su casa.

Unos pasos pesados se escucharon y toda la casa retumbó. Santa Claus dejó el costal en el suelo y se encaminó a la pieza donde dormían los niños. Adrián rápidamente cerró los ojos. Los pasos fuertes se fueron acercando hasta que llegaron a la puerta. Se acercaron primero a las camas de sus hermanos, y después de un rato de mirarlos, Adrián sintió que Santa Claus se había parado frente a su cama, y lo miraba fijamente. Todo esto lo sintió ya que no se atrevió a abrir ni un segundo los ojos. Su corazoncito parecía que iba a salírsele del pecho.

Por fin los pasos se alejaron y oyó que hablaba con su papá y las voces se fueron perdiendo en dirección a la sala. Un suspiro de alivio salió de su pecho. Los ruidos lejanos que llegaban hasta el, de cosas que estaba descargando Santa Claus, lo arrullaron y se quedó profundamente dormido pensando en la alegría que iba a tener la mañana siguiente.

 

El día siguiente era 25 de Diciembre… día de alegría para todo el mundo. En este día se olvidan las preocupaciones que nos atormentan el resto del año para  dar paso al contento. Ricos y pobres pasan presurosos por la calle con los semblantes sonrientes. Aún se podría decir que los pobres reciben la Nochebuena con más alegría que los ricos, puesto que se pueden permitir el lujo una vez al año de comer pavo y algunas golosinas que en el resto del año les es imposible. Hay también una clase más pobre, que lo único que pueden comer en este día es un poco de leche y pan, pero también estos están contentos y se hacen liviana la vida olvidándose de sus miserias.

 

El comercio no abre sus puertas al público en este día, pues los comerciantes como los demás hombres, pasan este día en compañía de sus familias. Muchos niños juegan ya con los juguetes que les dieron el día anterior en la noche, pues en la mayoría de los hogares mexicanos se acostumbra que el 24 en la noche se repartan los regalos de Navidad, al contrario de cómo sucede en la casa de los niños de nuestro relato.

 

Son las ocho de la mañana y el sol que ya ha salido alumbra con sus rayos las calles de la ciudad pero sin conseguir calentar el frío reinante. Dentro de la casa de nuestros personajes hace una temperatura muy agradable. En estos momentos se preparan para levantarse y no caben en si del gusto de pensar que el tan esperado día por fin ha llegado. Muchas conjeturas hacen entre sí queriendo adivinar lo que les habrá dejado Santo Clos la noche anterior. Adrián cuenta con todo lujo de detalles la aventura que tuvo con Santa Claus. Alejandro y Marta lo escuchan con mucha atención y no alcanzan a comprender como su hermano pudo dudar alguna vez de la existencia de Santa Claus. Cuando el relato de Adrián llega al momento en que éste oye la voz y los pasos de Santa Claus, un estremecimiento recorre los cuerpecitos de los dos niños.

 

Una vez vestidos, corren en tropel a la recámara de su papá. Este se encuentra dormido, pero los chicos no se fijan y se acercan a su cama a despertarlo. El señor se despierta y sonríe complacido al ver la ansiedad de sus hijitos por ver los regalos. Lentamente se pone de pié y poniéndose una bata encima de la pijama se encamina a la sala. Antes de entrar les recomienda que se esperen un momento mientras el sólo entra para ver los juguetes. Siglos les parecen a los niños los momentos, que quisieran estar tocando ya sus juguetes y comiendo los sabrosos dulces que sin duda les habrá dejado Santa Claus. Por fin oyen los pasos de su papá y el ruido de la puerta al abrirse. No pudiendo esperar más tiempo se precipitan dentro de la sala… mudos de asombro y turbados se quedan parados viendo lo que se les presentaba antes su vista….

 

En medio de la sala  se encuentra un hermoso árbol de Navidad, cubierto de multitud de adornos de todos colores. Multitud de velitas están diseminadas por todo el y las luces de…. Se reflejan en las esferas que en forma de frutas y estrellas se hallan colgando de él. Tiene también colgados foquitos de muchos colores, chocolates y golosinas sin fin.

 

Verdaderamente el aspecto que tiene, en medio de su sencillez es imponente. Al entrar a la sala siente uno una sensación de paz infinita, ningún ruido interrumpe el silencio reinante, el olor a pino cunde por toda la casa al abrir el señor la puerta de la sala. Los niños como un torrente que se desborda habían entrado en ésta. Lo primero que ven es el arbolito y quedan encantados de ver el contraste que hace la escarcha de oro y plata en el fondo verde. Por un momento se quedaron en suspenso sin atreverse a tocar los juguetes que se hallaban diseminados alrededor del árbol. Había allí dos muñecas, un juego de cocina de juguete, una estufita de electricidad. Esto sin duda era para la niña que en cuanto vio sus juguetes se abalanzó hacia ellos y desde luego empezó a jugar después de haberlos contemplado largo rato. Un cochecito bastante grande para pasearse, un rifle de municiones, un juego de colores y dos cuadernos de dibujo, un patín del diablo y un velocípedo fueron los juguetes que Santo Clos había dejado para Adrián y Alejandro. Esto además de muchos chocolates, dulces, caramelos, mazapanes, rosquitas con vino dentro, etc. Todas las golosinas que se acostumbran para este día.

 

Por demás está decir que los niños quedaron encantados, pues por mucho que hubiera espera, no creían posible que fueran tantos juguetes ni tan variados los dulces. Llenos de júbilo corrieron a abrazar a su papá y a enseñarle los juguetes y los demás regalos que les había traído Santa Claus. Una sonrisa de alegría entreabrió los labios del señor, se sentía feliz de ver a sus hijos dichosos y de ser él, el que les proporcionara esa dicha. El quería que cuando ya crecieran y comenzaran a luchar por la vida, se acordaran de la infancia tan feliz que habían tenido y que todos los años en Navidad se acordaran del arbolito que les había puesto su papá.

 

Los niños locos de contento comenzaron a bailar y cantar alrededor del arbolito. Las vocecitas apenas se oían, parecía el canto de algún coro de seres invisibles.

Muchos comentarios se hicieron de los regalos. Los tres niños querían a un tiempo que su papá jugara con ellos y para este objeto, uno se le colgaba de una mano, el otro le estiraba de las borlas de la bata, y la niña, con muchos trabajos se encimó arriba de una silla, y con todas sus fuerzas trataba apoyada de un hombro de sentar a su papá.

 

El papá y los tres hijos se pasaron todo el día encantados de la vida. Los niños por los juguetes recibidos y el señor porque veía a sus hijos felices y contentos. En ese momento, todas las preocupaciones de la vida habían huido de su cabeza para dar albergue a la felicidad. Pero el tiempo implacable que no se detiene nunca, pasó y esa noche toda la familia se acostó muy feliz como si toda la vida fuera ese día.

 

Muchas y muy felices Navidades pasaron juntos nuestros personajes. Y con las Navidades pasaron los años.

 

VEINTE AÑOS DESPUÉS

 

Han pasado veinte largos años. Luchas y muy grandes sucesos se han registrado en este tiempo. Es el mes de diciembre y se acerca Navidad. Un cambio asombroso se ha registrado en la ciudad que hace veinte años vimos. Las caras sonrientes y la gente presurosa que iba y venía todos los años por esta fecha han desaparecido. Rostros con el temor pintado en las facciones es lo que se ve. Un solo individuo en traje de paisano no se ve por ningún lado. Soldados, soldados y más soldados es lo único que alcanza a ver uno. Pasan soldados de infantería, de infantería de Marina, aviadores, marineros, todos con el rostro serio.

 

¿Qué ha pasado aquí?

Sencillamente una terrible, horrenda guerra como nunca habíase registrado en la historia del mundo, azota a éste, sembrando la desolación por donde pasa. Todos los hombres de edad militar han sido incorporados el Ejército. Ahora precisamente a unos cuantos kilómetros de la ciudad se está librando un feroz combate. El enemigo trata de tomar por asalto la ciudad y los defensores oponen toda la resistencia de que son capaces. El ruido de la metralla atruena el espacio, la tierra tiembla cada vez que se disparan los cañones, el silbido de las bombas llena el espacio.

 

En un momento de tregua, se oyen las voces de dos hombres que conversan. Acerquémonos a ellos para oír lo que dicen. Son dos soldados; cubiertos de lodo, con la cara sin rasurar. Con mucho trabajo se les distingue su rostro, pero… sí, son ellos.

 

Precisamente Adrián y Alejandro. Pero que grandes y fuertes están ya y cuánto han cambiado. En vano trataría uno de ver esas caras inocentes prontas a reír que tenían nuestros personajes…

Sus rostros están serios con los músculos en tensión temiendo continuamente que una bala vaya a dar fin de sus vidas, una viveza y atención extremas tienen sus ojos, escrutando las tinieblas en busca y espera de un nuevo ataque del enemigo.

 

Los dos hermanos están juntos y conversan tristemente. A sus mentes acude el recuerdo de la navidad en que su papá les llevó aquel rifle de munición y que ellos se pusieron muy contentos jugando a la guerra. Sonrieron de ver que ahora estaban ya grandes y que sin embargo seguían jugando a la guerra, con la única diferencia de que en esta podían morir de verdad. Pero en fin, había que resignarse con la suerte que les había tocado, que esto tenía que acabarse algún día. Recordaron la fiesta de matrimonio de su hermana que los primeros meses de ese año se había efectuado. Entonces, al estar brindando por su felicidad ni por mal pensamiento se imaginaban que terminarían el año en la forma en que lo hacían.

 

Se les hacía agua la boca al recordar la abundancia con que había corrido el vino y los manjares tan suculentos que había habido y que entonces ni habían estimado en todo su valor. Ahora… ahora era cuando empezaban a sentir y a arrepentirse por haber desperdiciado tantas cosas, pues se les hacía desperdicio el haber comido demasiado o haber bebido en exceso… allí en el frente, apenas tenían que comer y de fumar tenían únicamente 10 cigarrillos que cada mes les daban y que tenía que ajustarles para todo el tiempo. ¿Vino? Ni su sombra, a veces y cuando tenían suerte, se encontraban con algún charco lleno de fango donde tenían que poner sus pañuelos todos arrugados y sucios, para poder beber de aquella agua y no pasarse los animalejos que contenía. En estas remembranzas estaban, cuando el clarín tocó llamada de tropa. Rápidamente los soldados se pusieron de pié y a paso veloz acudieron donde estaba enclavada la tienda del comandante. Según las órdenes que éste dio, una patrulla de voluntarios había de atacar al enemigo por el frente, ingeniándoselas de manera de atraer la atención del enemigo haciéndoles creer que atacaba el grueso del ejército. Como todos los pelotones se prestaran para esta delicada misión, se decidió hacer una rifa para ver al que le tocaba en suerte. Se hizo la rifa y le tocó al pelotón donde estaban los dos hermanos.

 

Dieron la orden de dispersarse y volver a sus suposiciones y a los de la patrulla se les dieron 5 minutos para que se preparen para la salida. Adrián, rápidamente se puso a escribirle a su papá notificándole que todo iba bien y que no tuviera pendiente que ellos estaban en un puesto en donde no había ningún peligro, y que por lo tanto se aburrían sobre manera.

 

Al sonar el toque de en marcha, Adrián rápidamente entregó la carta a un compañero y le encargó que la hiciera llegar a su destino.

 

Pasaron los días. El ataque que se había proyectado, gracias al heroísmo de la patrulla, salió conforme los planes del alto mando. El enemigo había retrocedido diez kilómetros. Esos que no estaban dispuestos a dejar que les arrebataran tan fácilmente ni un palmo de terreno, lanzaban furiosos contraataques, los que resistían con todas sus fuerzas el ejército donde estaban nuestros personajes y por lo tanto tenían que estar continuamente sobre las armas. Para este tiempo les tocaba unas vacaciones de 5 días a Adrián y Alejandro, pero fue anulado el permiso de visita de que se necesitaban a todos los hombres disponibles, pues se creía que para el día 25 el enemigo en un esfuerzo desesperado trataría de recuperar el terreno perdido.

El 25 de diciembre, efectivamente, se trabó un feroz combate desde las 4 de la tarde. El empuje del enemigo fue tan fuerte que a duras penas se resistió y esto a costa de muchas vidas. Una llamada general se hizo necesaria y ni un solo soldado, quedó en los cuarteles y trincheras.

 

El sonido de la metralla se escuchaba por doquier, granadas de mano explotaban sin cesar entre los dos bandos, la aviación no se daba punto de reposo arrojando millares de bombas. Cayó la tarde y entró la noche. El mismo fuego incesante atronaba el espacio, ayes de dolor y estertores de agonía se escuchaban en todo el campo de batalla. La ambulancia iba para uno y otro lado pero con todo, era insuficiente para recoger la inmensa cantidad de heridos… repentinamente cesó el fuego. El contraste era asombroso. Donde un momento antes no reinaba más que el caos, estaba ahora silencio como un camposanto. Una lejana campana dio las doce. Eso, eso precisamente era. Era medianoche. Las bocas de fuego enmudecieron en honor del Dios que hacía siglos había nacido en este día.

 

Adrián volteó a su alrededor en busca de su hermano y de sus compañeros para felicitarlos por la Navidad. No encontró a su hermano por ahí, pero no se inquietó pues pensó que en la lucha se había retirado de él.

 

En cuanto a sus compañeros, los veía que seguían acostados en tierra, seguramente, pensó, temen que les toque algún fragmento de granada si inesperadamente empieza de nuevo el combate. Los llamó por sus nombres para hacerles una seña de lejos, pero a medida que los iba nombrando se fue dando cuenta de la terrible verdad. La causa de que ninguno le contestara a pesar de tenerlos cerca, era porque… todos habían muerto.

Un silencio sepulcral reinaba en todo el frente. Se habría podido escuchar el sonido de las alas de una mosca volar. Una desesperación inmensa empezó a apoderarse de él. Maquinalmente echó mano a su fusil y lo notó todavía caliente. Quiso gritar pero ningún sonido salió de su boca sintió una pesadumbre. Pensó en su pobre hermana, en su hermano. ¡Su hermano! Sí, su hermano… ¿qué habría sido de él?

 

Se acordó que no lo había visto y ahora, hasta ahora pensó en que tal vez le hubiera sucedido alguna desgracia, si tal vez en esos momentos se encontraría tirado entre quien sabe que escombros, quizá con todo el cuerpo mutilado entre charcos de sangre. Dos palabras salieron de su boca… ¡Alex! ¡Alex! Y hondos sollozos salieron de su pecho y por sus mejillas rodaron abundantes lágrimas. Su hermano, su hermano había muerto.

 

Cadáveres… cadáveres, y montones de tierra salpicada de sangre era lo que le rodeaba. Hasta el aire estaba saturado de eso, ese olor que percibía era sangre, sangre, sangre, un loco furor se apoderó de él. ¿Con que le habían matado a su hermano? Pues bien, el también mataría al que se le pusiera enfrente. El sonido de la metralla volvió a dejarse ir. Era la una de mañana, el caos volvió a reinar. Nuevos ataques y contraataques más bombas, más granadas… más muertos. Todo el campo estaba tapizado de ellos. Una furia loca se había apoderado de los hombre, mataban a quien se les ponía enfrente, sin ver quién era, si joven o viejo, eso nada importaba, matar, matar, eso era lo que importaba.

 

La noche pasó. Y el nuevo día apareció radiante, alumbrando el espacio. En la casa de los protagonistas reinaba la misma paz de siempre. Al entrar, se percibía el sabroso olor a resina que desprendía el árbol de Navidad que en este como en los demás años se había puesto.

Sentado en el corredor se encuentra un señor como de unos cincuenta años. Esta fumando, y leyendo por décima vez una carta. Es la carta de Adrián que le escribe desde el frente. Una sonrisa de duda entreabre sus labios, pues él sabe que Adrian no dice la verdad, pero que miente para no alarmarlo. Lo que pasó fue que su hijo se olvidó de que él había estado también en una guerra y sabía lo que se sentía. Eso precisamente, la forma de escribir de su hijo lo hace sospechar que un inminente peligro se cierne sobre sus cabezas. Lentamente y con el rostro serio deposita la carta encima de una mesita, y se voltea para ver el arbolito de Navidad que está en la sala con todas sus velas prendidas. Se pone de pié y en  ese preciso instante, tocan a la puerta  se oye el silbato del cartero.

 

Con calma, aunque sintiendo que una tempestad se des dentro de su pecho, se encamina a la puerta. Al abrirla se presenta a su vista un cartero militar del ministerio, que después de saludarlo militarmente, le entrega un sobre lacrado con un escudo de armas.

Con las manos temblorosas se encamina el señor a su silla predilecta para leer con más calma. Un negro presentimiento pasa por su mente. Sin embargo rasga el sobre. Al sacar el pliego que contiene, algo cae sobre sus piernas pero él no se da cuenta. A medida que sus ojos van recorriendo el papel, su semblante se vuelve pálido. La carta dice así:

 

ESTIMADO SEÑOR:

Como Ud. Se habrá dado cuenta por las noticias de la prensa, estos días se ha estado sosteniendo una furiosa batalla a varios kilómetros de la ciudad. La madrugada del 25 del presente mes, haciendo un recorrido en busca de nuestros heridos, nos encontramos con los cuerpos de vuestros dos hijos, Adrian y Alejandro, que en feroz combate y conduciéndose valiente y heroicamente.  Dieron sus vidas por la PATRIA. Como recompensa a su heroísmo, la Patria los condecora con la CRUZ DEL MÉRITO MILITAR, mismas que tengo el honor de adjuntarle. La Nación se siente orgullosa de sus HÉROES y sé que Ud. Estará también orgulloso de haber dado dos hijos por la PATRIA.

Respetuosamente

General de División Com. Gral.

 

Saúl Benítez Rayo.

 

Después de haber leído la anterior carta, el señor dirigió su vista hacia sus piernas donde habían caído las dos medallas que sentía que le quemaban. Las tomó en sus manos y las contempló por un largo rato. Lentamente se levantó de la silla y se dirigió a la sala.

 

Durante largo rato estuvo contemplando el arbolito y luego dirigió su mirada hacia las medallas que tenía en la mano.

 

Con la mirada perdida en el espacio, pasó por su mente como una cinta cinematográfica, la navidad aquella en que sus dos hijos y su hija habían ido a despertarlo para que les enseñara sus juguetes, y le pareció volver a oír el canto de las vocecitas que le cantaban alrededor del arbolito. Con la mirada buscó por un momento los cuerpecitos. Esperaba verlos bailar alrededor de él. Volvió repentinamente a la realidad, y se vio… sólo en su casa. Este hombre que nunca, nunca en su vida había llorado, lloró. Sin gritos, sin aspavientos, tan solo como gruesas perlas rodaban las lágrimas por sus mejillas, lágrimas que contenían todos los pesares del mundo…

 

Ya no tendría hijos. La muerte se los había arrebatado, la Patria los había necesitado y él los había dado. Sus voces no las volvería a oír, sus risas, y el alboroto que había en esa casa, ya nunca volvería a reinar.

 

En cambio de los dos hombres que ya estaban hechos sus hijos, tendría a dos frías medallas que lo acompañarían en su vejez. NAVIDAD. 25 DE DICIEMBRE. ERA NOCHEBUENA.

 

FIN.

 

Categorías: LIBROS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *