La preparación de un pastel

Ayer me puse a hacer un pastel. Con la ayuda de mis dos hijos menores. Abrimos el libro con la receta, la batidora, sacamos todos los ingredientes, los medimos y ordenamos en fila para ir poniendo cada uno en el orden en que dice la receta.

Era un pastel de zanahoria que ya habíamos hecho en otra ocasión y nos había quedado muy bien.

Se turnaban los niños para ir echando a la batidora los ingredientes. Engrasamos y enharinamos moldes. Precalenté el horno. Después de con mucha paciencia estar mezclando los elementos para el pastel, rellenamos los moldes y los metí al horno.

Como nos íbamos a ir a jugar básquet al parque, se nos ocurrió bajarle la temperatura “para que no se fuera a quemar”. A los 25 minutos regrese a la casa a checar el pastel y ya estaba ponchado. No había esponjado y aun le faltaban unos minutos para estar bien cocido.

Esperaba hacer algo asi:

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No abrí la puerta del horno si es lo que están pensando. Si son buenos reposteros sabrán que el bajarle la temperatura fue lo que hizo que mi pastel no esponjara.

Al sacarlo no tenía un pastel, tenía unas enormes galletas hechas en moldes para pastel. Estaba delicioso pero ciertamente estaba duro, por eso pensé que parecían más galletas que pastel.

Así quedo:

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Los niños bajaron a merendar y estaban encantados, les sabía delicioso el pastel-galleta con leche fría, lo remojaban y estaban fascinados y felices porque habían ayudado a hacerlo. Les conté como debía haber quedado pero no le daban mucha importancia, les parecía bien así.

La receta estaba correcta, el procedimiento estaba correcto, la actitud era la correcta, la paciencia en la manufactura estuvo presente, se precalentó el horno, los moldes fueron debidamente engrasados y enharinados, no abrí la puerta del horno mientras se cocían, parecía que todo estaba perfecto.

Así pasa en la vida, tenemos al parecer todo lo necesario y los procedimientos correctos para que todo nos salga bien, pero perdemos de vista un pequeño detalle y las cosas no salen como lo pensábamos. Dependiendo de lo que se trate, pero en la mayoría de los casos nos frustramos por no obtener lo que deseábamos y mas porque le pusimos todo nuestro esfuerzo y empeño para que saliera bien. Si nos enfrascamos en ese resultado –que no es el esperado- tiraríamos ese pastel duro a la basura. Pero si lo probamos nos damos cuenta que tenemos ¡una deliciosa galleta!.

En una mediación puede pasar algo similar. Hemos preparado las audiencias, hemos tenido audiencias individuales, tenemos listas las herramientas para utilizarlas y tenemos oportunidad para usarlas, todo listo para que las partes arreglen sus diferencias y mas o menos en algunas ocasiones podemos vislumbrar que tipo de acuerdo tendrán.

Pero no.

El acuerdo que toman las partes es muy diferente al que estábamos pensando o quizá de plano no se llegó a ningún acuerdo, se tuvo que diferir la audiencia o simplemente una parte renunció a la mediación. ¿Y toda la preparación que pusimos en esa mediación? ¿Debemos sentirnos mal porque las cosas no salieron como lo esperábamos? Yo creo que no. Partiendo del principio tan importante que es el de la voluntad de las partes, tenemos que aceptar que haya dado un giro y no terminara como en algún momento pensamos que podría terminar. Experiencia, adquirimos mas experiencia.

A veces hay que ver esos resultados que obtenemos y valorarlos, aun cuando no es precisamente lo que esperábamos, puede ser que sea que nos guste mucho mas o que al menos nos sirva y no nos desagrade.

Todo es cuestión de enfoques y de mentalidad. Venga lo positivo a pesar de todo, que todo, aunque sea diferente, vale la pena.

¿Te ha pasado algo parecido alguna vez?

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2 comentarios en “La preparación de un pastel

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